Se mueve increíble y no dice nada
La temporada dos de Hilo rojo arranca con la mejor secuencia de animación que vi este año: tres minutos sin diálogo, una persecución por techos mojados donde cada cuadro podría colgarse en una pared. Después empieza a hablar.
El problema no es que el guion sea malo. Es que es tímido. Plantea en el primer episodio una traición que podría romper a los dos protagonistas y la resuelve en el tercero con una disculpa. Nadie pierde nada. Nadie cambia.
Mientras tanto, el equipo de arte trabaja como si la serie fuera otra: fondos pintados a mano, una paleta que cambia con la hora del día, un uso del silencio que el texto no se merece.
Mirala sin sonido. Lo que importa ya está en la imagen.
Hay una forma generosa de leerlo —la serie como vitrina técnica— y una honesta: cuatro episodios que se ven increíbles y que olvidé en una semana.